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home : peces : peces January 16, 2018


1/1/2018 3:36:00 PM
María, la Madre de Dios
Homilía del Obispo O'Connell en la Fiesta Solemne de María

Bishop David M. O'Connell, C.M.


Los recuerdos son partes de nuestras vidas como seres humanos. Nos llevan a experiencias que nos han formado y hecho en las personas que somos ahora… hoy. Navidad es una de esas experiencias que crea recuerdos felices desde nuestros primeros años. Nosotros revivimos esos recuerdos cada año mientras nosotros celebramos Navidad año tras año.

Sin embargo, los recuerdos nos son siempre felices. A veces recordamos cosas que nos entristecen. Otros recuerdos quisiéramos olvidar. Pero, sean recuerdos felices o tristes, buenos o malos, sirven un propósito: podemos aprender de ellos. Y lo que aprendemos puede cambiar la manera que vemos nuestro alrededor… hasta que puede cambiar nuestras vidas.

Empezar a olvidar partes de nuestras vidas, aunque sean las buenas, es parte del hecho de envejecer. La edad y algunas enfermedades roban nuestros recuerdos. Yo vi eso pasar a mi propia madre en sus últimos años. Fue muy triste ver.

Nuestro Evangelio de hoy contiene una frase importante sobre “los recuerdos”. San Lucas nos dice que, después de su experiencia de la primera Navidad, “María atesoraba todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón”.  

Durante el resto de su vida, María atesoraba los recuerdos de Jesús: su nacimiento, su niñez, sus recorridos, sus prédicas, sus milagros; su muerte en la cruz. De hecho, Jesús nació para aquel momento.

Hoy, dos mil años después, nosotros cristianos atesoramos los mismos recuerdos de Jesús, “reflexionándolos” en nuestros corazones. Celebramos el recuerdo de cada evento de la vida de Jesus mientras nosotros revivimos esos recuerdos a través de las escrituras y las enseñanzas de la Iglesia. Pero, para los cristianos, Jesús no es simplemente un recuerdo. Él vive. Sus palabras y enseñanzas viven. Él sigue vivo en nosotros y eso es lo que nos une como una comunidad de fe.

Hoy, Año Nuevo, la Iglesia Católica mundial celebra la fiesta solemne de María, Madre de Dios. Es también “El Día Mundial de la Paz”. La combinación de ambos eventos tiene razón perfecta porque María dio luz al Príncipe de la Paz.

Hoy, en el principio de un nuevo año, que mejor manera habría de buscar la paz que rezar a María, la Madre de Dios, para interceder por su Hijo a traer la paz a este mundo tan tenso y perturbado. Sin embargo, no puede haber paz en el mundo sin tener la paz en el corazón humano. Y no puede haber la paz en el corazón humano hasta que se lo abra al Hijo de María.

Para la comunidad haitiana, celebramos aún más hoy, algo que nos une: el recuerdo de su tierra natal y la celebración de su día nacional de la independencia de Francia en el 1804.

Su isla hermosa en el Caribe, compartida con la República Dominicana, tiene una historia larga y compleja. Los españoles nombraron la isla suya en el 1942, la primera colonia europea del Mundo Nuevo. Doscientos años después, los franceses tomaron control de Saint-Domingue, creando lo que se haría Haití mientras los españoles retuvieron el vecino Santo Domingo.

Su tierra era la fuente de grandes recursos para la explotación francesa: el azúcar, las especies, el café, el algodón, el ron. Exterminaron a mucha de la población nativa. Poco después Francia llevaría medio-millones de esclavos del occidental de África a la isla. Durante los 13 años de declarar su independencia, una rebelión de los esclavos luchó en contra de los franceses y sus aliados hasta lograr la libertad en el 1804.

Haití, el nuevo nombre de su lado de la isla, se hizo la primera república negra y el segundo país independiente en este hemisferio.

Desde entonces en los 214 años después, la historia de Haití ha sido una de lucha y resiliencia, de hermosura natural y desastres naturales, de derroto y esperanza. Pero ustedes conocen bien esa historia. Es su recuerdo nacional y ustedes tienen que mantener ese recuerdo vivo además de todas las contribuciones increíbles que su pueblo y cultura ha aportado al país en que ahora viven

Al hablar con muchos miembros de la comunidad haitiana aquí en la Diócesis de Trenton, yo sé que los meses recientes han sido un tiempo de ansiedad y miedo, especialmente para las personas que migraron a este país después del terremoto devastador del 2010.

Ustedes han formado un hogar aquí. Han creado y cuidado a sus familias aquí. Han trabajado duro para soportar sus familias y aportar a la sociedad estadounidense aquí. Han creado nuevos recuerdos que atesorarán y esperan que sigan.

La declaración reciente de parte del Departamento del Estado de los Estados Unidos de que expirará el estatus protegido temporal para entre 50-60 miles de nacionales haitianos en 18 meses ha dejado la comunidad haitiana con un sentido paralizador de incertidumbre aquí y en Haití también.

Aunque yo no pueda predecir el futuro, sí puedo elevar hoy el recuerdo del Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Hijo de María y el Príncipe de la Paz, que compartimos como cristianos, ahora que abarcamos un nuevo año, como católicos. Puedo elevar su llamado de amar al prójimo, que debemos acoger al extraño, que nunca debemos perder la confianza que tenemos en Él. Puedo elevar la fe y la esperanza que su presencia nos brinda—no solamente como un recuerdo—sino como una fuerza bondadosa que cambia el corazón humano.

Así que, mis hermanas y hermanos, debemos rezar uno por el otro en el Año Nuevo, en los días y meses por venir, “atesorando tantas cosas y reflexionando sobre ellas en nuestro corazón”, que Dios, quien mandó al Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, puede tocar los corazones de las personas responsables para nuestro futuro para llenarlos con una sabiduría que discierne lo verdadero y lo correcto y lo justo; con una compasión que ama al prójimo igual que a nosotros mismos; y con una misericordia que da la bienvenida a los más necesitados entre nosotros.

¡Que su Reino venga a la tierra como en el cielo!






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