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12/24/2017 6:57:00 PM
Convertidos en pesebres para el Niño
Homilía Navideña del Obispo David M. O'Connell

Bishop David M. O'Connell, C.M.


Cada año el mundo entero toma tiempo el 25 de diciembre para recordar el nacimiento de un Niño – no ningún niño cualquier sino el Niño Cristo, el Escogido de Dios, el Mesías de las profecías de quien se hablaba desde el principio de la historia humana.

Cuando Dios creó al mundo, Dios lo hizo, y todo que contenía, bueno, una reflexión verdadera de si mismo. Pero por alguna razón, la obra maestro de Dios – o sea la humanidad – decidió que algo faltaba en la bondad de la creación de  Dios, algo más allá que lo que Dios había revelado, algo mejor que lo que Dios había dado al hombre, y entonces, la humanidad intentó alcanzar esa otra cosa—algo que no estaba en toda la bondad de la creación de Dios: el pecado, una manera de vida que no tenía que ver con el plan de Dios y totalmente al opuesto del diseño de  Dios. Y desde entonces, aquella experiencia, la humanidad busca el perdón, la restauración, la redención, la salvación; desde aquel momento, esa experiencia, la humanidad busca reconciliarse con Dios. Y lo que hizo falta fue el nacimiento del Niño Cristo que recordamos cada 25 de diciembre para que la humanidad volviera al Creador.

“El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz… la luz ha resplandecido sobre ellos”, nos explica el profeta Isaías en nuestra primera lectura. Aunque él profetizara cientos de años antes de los eventos en Belén, la visión de Isaías se hizo la realidad que hoy conocemos: “Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, Y la soberanía reposará sobre Sus hombros. Y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. El aumento de Su soberaníay de la paz no tendrá fin”. Aquella visión, esa realidad, ese hecho en lo que nuestra fe se basa en este momento es lo que todo el mundo toma un momento, un pause, para celebrar hoy. “La gracia de Dios apareció, salvándonos todos”, escribió San Pablo a Tito en nuestra segunda lectura. EL Señor Jesucristo, el Niño nacido en Belén es la gracia de Dios, el poder de Dios, la presencia de Dios—Emanuel, Dios con nosotros—“la gloria de nuestro Dios”.

Es una ironía divina que toda lo esperado desde los principios del tiempo, toda esa gracia y gloria nos llegó no en ninguna escena dramática de poder mundial sino en la simplicidad de Dios, en el nacimiento de un Niño inocente arrodeado por cosas mucho menos que poderosas, en un establo “durmiendo en un pesebre” como el Evangelio según San Lucas nos recuerda. Ese detalle nos dice tanto. El Papa Benedicto XVI lo reflexionó de esta manera en su homilía en Noche Buena del 2006:

La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: « un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado » (Is 9,5). Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el pesebre.

La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad externos. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo.

El deseo de Dios era salvarnos desde lo interior de nosotros mismos, desde el interior de la humanidad a través de hacerse uno de nosotros, hacerse carne y sangre y endurecer las alegrías y tristezas de nuestra naturaleza desde el momento de su concepción por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen hasta su muerte—sin perder en ningún momento ser Dios ni cometer ningún pecado como persona. La inocencia y la simplicidad del Niño de la madera del establo en el pesebre seguían conectadas con él hasta la madera de la cruz.

Esta Navidad tal vez debemos prestar atención a la inocencia y la simplicidad del Niño y al día y fiesta que celebramos. Quizás debemos vaciarnos de toda complexidad y orgullo y oscuridad que dejamos entrar a nuestros corazones, mentes y vidas cotidianas durante el año y entregarlo todo al Niño, pidiéndole a salvarnos de las tinieblas una vez más, de nuevo con su amor y su luz.

Esta semana, el Papa Francisco se refirió a las poesías de un místico alemán del siglo 17 como una meditación navideña. Nos compartió algo de este monje: “Depende solamente de ti. Ah, si tu corazón pudiera convertirse en pesebre, entonces Dios se haría Niño de nuevo en esta tierra (Angelus Silesius, “Peregrino Querúbico”)”.

Esta Navidad convirtamos a nuestros corazones en pesebres para el Niño de nuevo y nos abramos a lo que solo Él puede hacer en nuestro mundo.

¡Feliz Navidad!




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