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12/21/2017 11:29:00 AM
Celebrar Navidad no es algo solamente para niños
Mensaje Navideño del Obispo David M. O'Connell, C.M.
Una ventana con la escena de la Natividad en la Iglesia Espíritu Santo de la Parroquia Madre de la Misericordia, Asbury Park.(Foto pescadora | Ken Falls)
Una ventana con la escena de la Natividad en la Iglesia Espíritu Santo de la Parroquia Madre de la Misericordia, Asbury Park.
(Foto pescadora | Ken Falls)


Bishop David M. O'Connell, C.M.


En conversación de vez en cuando en fiestas o cenas antes de Navidad cuando pregunto a adultos sobre sus planes para los días festivos, algunos me lamentan que “Oh, Navidad es para los niños”.

Les confieso que este tipo de comentario me entristece un poco.

Sí, Papa Noel y sus ocho renos son cosas de niños; sí, cantar villancicos sobre cascabeles, “Rodolfo”, el hombre de nieve Frosty y leer cuentos como “Era la Víspera de Navidad” son para los niños; y, sí, madrugar para abrir regalos de Navidad es cosa para niños. Son las tradiciones duraderas que acompañan el 25 de diciembre. ¿Recuerdan sus propias Navidades y la energía y alegría que llenaban sus hogares, recuerdos que quedan muchos años después y que todavía les hacen sonreír? Claro, estas cosas son del lado más secular o comercial de la gran fiesta de Navidad y no tienen mucho que ver con la “razón de la estación” verdadera.  Pero nos dan un sentido de alegría que permea las semanas antes de Navidad. ¡Preparan al mundo para algo especial, algo único que no pasa en ningún otro tiempo del año!

De verdad, Navidad trata de un Niño pero no es solamente “para niños”. Las semanas de Adviento que la Iglesia ofrece a los cristianos cada año—sean jóvenes o viejos—nos alistan para la celebración del nacimiento del Niño Cristo en Belén hace más de dos mil años. No hubo ningún árbol de Navidad pero los árboles de hojas perennes hoy nos recuerdan que Navidad trae algo que dura para siempre, algo que no solo trata de niños. No hubo luces brillantes de todos colores en aquel tiempo pero hubo una Estrella que brillaba tan fuertemente en aquel cielo oriental que pastores curiosos y hasta reyes la siguieron a un establo. No hubo montones de regalos y paquetes pero le regalaron oro, incienso y mirra a un bebé. No cantaban villancicos en aquel tiempo pero se oyeron a los ángeles cantar sobre “la gloria de Dios y la paz en la tierra”.

Y ahora, ver a los niños madrugar nos recuerda de la anticipación y esperanza de aquel Pueblo de Israel por la llegada del anticipado Mesías, según las promesas de los profetas antiguos. Un pesebre, una Madre María, un tierno esposo José y un Niño nacido y empampado en ropa desechable calentado por los respiros de los animales del establo – así empezó Navidad; y es esa escena que celebramos cada año mientras recordamos la “razón de la estación” verdadera.

“Navidad es para niños”. Sí, es – pero la Navidad es también para cada niño que ha llegado a ser adulto y más, conociendo y amando al Niño quien naciera para cada uno de nosotros aquel día; el Niño quien se puso entre nosotros para cada uno de nosotros aquel día; el Niño quien vivió su vida para cada uno de nosotros empezando con ese día y desde entonces. Los niños crecen… y también creció el Niño Jesús. Navidad era y es un día, sí es cierto, pero es para siempre y para todos. Navidad es, verdaderamente, “el regalo que sigue dándose” y no importa nada la edad que tenemos.

Papa Noel, los árboles de hojas perennes, las luces, los villancicos, los regalos… todos tienen su lugar “para niños”. Sin embargo, depende de nosotros, que ya no somos niños, asegurar que nunca se pierde ni se olvida ni se reemplaza al significativo más profundo y verdadero por “el brillo y resplandor superficial” del mundo.

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será: "Consejero admirable", "Dios poderoso", "Padre sempiterno", "Príncipe de la paz" (Isaías 9:5).

“¡Regocijen! ¡Jesús nació, del mundo Salvador”!

¡Feliz Navidad!






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