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3/10/2017 12:55:00 PM
El Salvador espera un milagro y otro beato
Unn mural en El Paisnal, El Salvador, tiene al beato Oscar Romero y nativo poblano el jesuita Rutilio Grande, arodeados por hombres, mujeres y niños campesinos. Son imagenes de la comunidad a la que sirvió el padre Grande desde el 1972 hasta el 12 de marzo del 1977 cuando le asesinaron. El padre Grande habló de su sueño de una mesa común compartida por todos, en que los pobres tenían asiento para alimentarse y poder compartir su voz. (Foto CNS /Rhina Guidos)
Unn mural en El Paisnal, El Salvador, tiene al beato Oscar Romero y nativo poblano el jesuita Rutilio Grande, arodeados por hombres, mujeres y niños campesinos. Son imagenes de la comunidad a la que sirvió el padre Grande desde el 1972 hasta el 12 de marzo del 1977 cuando le asesinaron. El padre Grande habló de su sueño de una mesa común compartida por todos, en que los pobres tenían asiento para alimentarse y poder compartir su voz.
(Foto CNS /Rhina Guidos)
Por Rhina Guidos
Catholic News Service

WASHINGTON (CNS) -- La Iglesia Católica de El Salvador espera con ansiedad, noticias de un posible milagro atribuido a la intercesión del beato Oscar Romero, algo que podría producir el primer santo oficial para el pequeño país centroamericano. Pero entre los susurros de esperanza, también existe el anhelo de que esto le de impulso a la causa de beatificación de su amigo jesuita, el padre Rutilio Grande.

El padre Grande fue asesinado hace 40 años, un 12 de marzo de 1977, mientras se dirigía a una novena con dos miembros de su parroquia. Más de una docena de balas penetraron su cuerpo, matándolo junto a Manuel Solórzano, de 70 años, y Nelson Rutilio Lemus, un adolescente de su parroquia.

"Realmente estamos esperando", noticias de la posible beatificación del padre Rutilio, dijo Andrea Perla, quien trabaja en la Arquidiócesis de San Salvador difundiendo información del jesuita, enseñándole a jóvenes sobre la vida del sacerdote salvadoreño. Perla dice que hay mucho que aprender sobre la vida del sacerdote: humildad, saber compartir, preocuparse por los pobres.

Ella dice que conocía un poco pero no mucho del sacerdote, hasta que se puso a leer sobre su vida.

"Realmente, me enamore", dijo Perla.

El padre Grande, un salvadoreño nacido en el campo, fue educado principalmente en España y Bélgica y en otras partes de América Latina, pero regresó después de sus estudios y formación a trabajar entre los pobres de su país. Enseñó a muchos campesinos a leer usando la Biblia, pero también ayudó a las masas rurales a organizarse como obreros, hablando de los abusos de una minoría rica y poderosa que les pagaba salarios bajos y que abusaba de ellos.

Padre Salvador Carranza formó parte del equipo de misioneros organizado por el padre Grande que incluía sacerdotes jesuitas y ministros laicos. El grupo evangelizó una extensa zona rural de El Salvador, desde 1972 hasta el asesinato del padre Grande.

"Reunirse en comunidad fue descubrir para ellos algo que realmente les hizo crecer tremendamente", dijo el padre Carranza en una entrevista con Catholic News Service. Padre Carranza dijo que las comunidades comenzaron con el propósito de leer la Biblia pero luego empezaron a arreglar senderos, casas de algún miembro de la comunidad, y después formaron una cooperativa para ayudar a los más necesitados de la comunidad.

"Decía que no quería llevarles la iglesia, quería que ellos fueran la iglesia", dijo Perla, y buscaba manera de sembrar un sentido de comunidad entre ellos.

Cuando el jesuita no dejó de abogar públicamente por los pobres, otros rápidamente trataron de silenciarlo.

"A Rutilio lo asesinaron por creer que los pobres tienen derecho a un puesto en la mesa", dijo el José Artiga, salvadoreño y director de la fundación SHARE de San Francisco, California. Artiga y su esposa le pusieron Rutilio a uno de sus hijos en honor al jesuita, "un símbolo de lucha, un símbolo de acompañar a los pobres organizados, un símbolo de dar su vida por la liberación" de otros.

La camisa que llevaba puesta el padre Grande el día de su muerte, ahora llena de los hoyos donde pasaron las balas, es parte de una exposición permanente en la Sala Memorial de Mártires en el Centro Romero de San Salvador, un espacio dedicado a la historia de las atrocidades del país. La exposición, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, documenta la vida y muerte de algunos mártires católicos de El Salvador.

David Molina, un guía del Centro Romero, dijo que el puesto del padre Grande al inicio de la exhibición se debe a que su muerte marcó el comienzo de un momento terrible para los católicos en el país. Fue cuando se desencadenó una persecución de sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos asesinados porque abogaban por los pobres en el período que produjo e incluyó la guerra civil de 12 años que cobró más de 70.000 vidas, incluso la del arzobispo Romero en 1980 y seis compañeros jesuitas del padre Grande en 1989.

"Al caminar con los pobres, sufrió la misma persecución que estaban sufriendo, incluso la muerte", dijo Artiga.

Hubo un tiempo cuando no se hablaba mucho del padre Grande debido a una "estrategia del miedo" que los que lo mataron usaron para silenciar su mensaje, dijo el padre Luis Salazar. Lo que el padre Grande decía no era popular, pero había que decirlo, dijo el padre Salazar, agregando que "el Evangelio nos desafía", no se trata solo de escuchar lo que es cómodo.

El obispo salvadoreño, José Elías Rauda de la diócesis de San Vicente, quien atribuye su vocación al jesuita, dijo que aparte de enseñar solidaridad, sensibilidad y fraternidad, la vida del padre Grande ejemplificó la franqueza, que luego Romero imitó en sus discursos.

"Era gente que no se calló y que se hizo presente", pidiendo cuentas por la situación de los pobres y su represión, dijo el obispo Rauda.

Cuarenta años después de su muerte, el padre Grande tiene poderosos admiradores en la iglesia. Se dice que el jesuita papa Francisco preguntó a un miembro de la comisión de la beatificación del padre Grande si se ha documentado algún milagro atribuido a la intercesión del sacerdote. Cuando la respuesta fue no, el papa dijo que sabía de uno: Romero. Se cree popularmente que algo dentro del arzobispo Romero cambió cuando vio los cuerpos del padre Grande y sus parroquianos. Antes de los asesinatos no había hablado públicamente del deterioro de la situación social en el país, ni de los abusos contra los pobres.

Algunos testigos dijeron que cuando el cuerpo del padre Grande se llevaba a la parroquia para velarlo, prácticamente se desarticuló debido a las muchas heridas. El incidente, junto con otros casos de los que Romero se había dado cuenta, lo llevaron a elevar la voz del padre Grande en la defensa de los pobres. El Vaticano beatificó a Romero en 2015 después de determinar que fue asesinado por odio a su fe. Los admiradores del padre Rutilio esperan que la beatificación de Romero, junto con la elección de un papa jesuita, pueda ayudar a reconocer la santidad del padre Grande.

El padre Grande está enterrado en la parroquia donde creció en El Paisnal, un pueblo al norte de San Salvador, que recibe cada vez más visitantes extranjeros deseando conocer más sobre la vida del sacerdote. Entre ellos se encuentra el arzobispo Vincenzo Paglia, postulador de la causa de la santidad de Romero, quien visitó en 2015 el lugar donde el sacerdote y sus feligreses fueron asesinados y celebró una misa en la parroquia. Durante la visita ofreció comentarios sobre el padre Grande y Romero.

"El padre Rutilio y monseñor Romero tenían una gran riqueza: la palabra", dijo el arzobispo Paglia, según el periódico digital Diario1.com. Y aunque esa palabra quiso ser "truncada" con "las armas, con el poder, con el miedo", esto falló, dijo el arzobispo.

En vez de callarlos, su mensaje de solidaridad, humildad y ayudar a los pobres agarró fuerza, y aún es necesario para arreglar los problemas de la violencia extrema, la pobreza y la desigualdad que continúan azotando a El Salvador, dijo Mónica Fernández, quien está trabajando en el proyecto Universidad Nacional Rutilio Grande, para educar a los pobres.

"Son modelos y ejemplos que pueden orientar todo un proceso de iglesia y de sociedad en el país", dijo Fernández, "buscando esa paz con justicia, buscando esa fraternidad que fue lo que ellos predicaron, vivieron y encarnaron y por la que dieron su vida como estos grandes mártires. Creemos nosotros que todavía tienen mucho que decir en El Salvador, en la iglesia universal, en Latinoamérica".






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