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home : peces : peces April 29, 2017


1/31/2017 1:31:00 PM
Las escuelas católicas encienden un fuego
Mensaje del obispo David M. O'Connell, C.M., para la Semana de Escuelas Católicas
El fotografo del Monitor capturó un momento de oración de esta alumna de la Escuela Nuestra Señora del Buen Consejo, Moorestown, antes de la Misa celebrada por el obispo David M. O'Connell, C.M. el año pasado. Foto del archivo del Monitor
El fotografo del Monitor capturó un momento de oración de esta alumna de la Escuela Nuestra Señora del Buen Consejo, Moorestown, antes de la Misa celebrada por el obispo David M. O'Connell, C.M. el año pasado. Foto del archivo del Monitor

Bishop David M. O'Connell, C.M.


Hay un dicho mayormente atribuido al poeta irlandés William Butler Yeats (y a veces a Ralph Waldo Emerson) que dice que “La educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego”. En el Evangelio según San Lucas, Jesús dice algo parecido cuando proclama su misión educativa, “Vine a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo” (Lucas 12:49)! Jesús encendió en fuego al mundo a través de proclamar la Buena Nueva a todas las personas. De esto se trata el empeño de las escuelas católicas.

Cuando conversamos sobre la educación, es común escuchar la distinción entre la educación pública y la educación católica a través de palabras como “valores”, que la única contribución de las escuelas católicas tiene que ver con “los valores”. Aunque yo entienda ese punto, creo que simplifica demasiado lo que ofrecen las escuelas católicas. Cualquier experiencia verdadera educativa en cualquier escuela presentará “valores”. Y aún más, si especificamos que sean “valores de fe” todavía queda incompleta y demasiado sencillo para describir todo que ofrecen las escuelas católicas.

La educación católica no se trata simplemente de valores ni “valores de fe”. La educación católica se trata de una visión específica y una inversión a esa visión que sale del Evangelio y que crea valores específicos por los cuales la escuela católica se deja conocer y se identifica. Y hace que sus valores sean más reales y vivos y aplicables para la vida.

La educación católica se trata de la pasión; una visión y pasión que ve a cada persona joven, a cada padre y madre de familia, a cada profesor y profesora, a cada miembro del personal, a cada graduado y a cada benefactor de la escuela católica como parte del equipo en la misión de la Iglesia de compartir el Evangelio de Jesucristo, cuando es de moda y no, en el salón y en el patio de recreo, en la pantalla de la computadora, cuando hay escuela y cuando hay feriado, dentro de la escuela, dentro del hogar, en el vecindario y la comunidad.

Lo que hacen las escuelas católicas – como todas las otras escuelas – es educar. Sin embargo, los resultados duraderos de lo que hacemos dependen de cómo educamos y es eso que nos hace diferente, único y valioso. Las escuelas católicas son lugares donde “la fe y el conocimiento se encuentran” pero si ese encuentro no inspira, si ese encuentro no involucra, si ese encuentro no “enciende un fuego”, si ese encuentro no cambia vidas, nuestras escuelas son simplemente “escuelas”.

Para inspirar, encender un fuego, cambiar vidas – estos son los resultados de una visión y pasión del Evangelio que ocurren dentro de una relación comprometida. Se trata de crear colaboración convencida y valiosa que educa de una manera no ambigua y que, entonces, sea distintamente de una perspectiva de la fe y católica. Gracias a su identidad católica, nosotros tenemos oportunidades no ambiguas y distintas para evangelizar en nuestras escuelas católicas. Ahí entran la visión y la pasión. La evangelización, a través de la educación católica, busca una visión y una pasión de la excelencia.

¿Y cómo medimos esa excelencia y calificamos nuestro éxito en conseguirla? A través de nuestros niños – los estudiantes que ocupan los escritorios de los salones en las escuelas católicas, en los buses escolares, en los patios de recreo y cuando vuelven a sus hogares al fin del día. A las personas en quienes confiamos crear tal ambiente les pregunto: ¿están diferentes, mejores, inspiradas, más involucradas las vidas de nuestros estudiantes católicos porque asisten a la escuela católica? ¿Aprenden como rezar? ¿Están encendidos por el nombre de Jesús y su enseñanza y su ejemplo y su Iglesia? ¿Se dan cuenta de que, por el nombre de Jesús, tienen responsabilidades uno al otro y uno para el otro?

No es la clase de religión ni el catequismo que hace eso, aunque tengan mucha importancia también. Encendemos fuego en las clases de estudios sociales y matemáticas, en las clases de literatura e idioma, con el arte y la música, con los computadores y en los deportes además que en las clases de religión, o mejor dicho, ¡gracias a la religión! Todo que pasa en la escuela católica es un llamado a ser lo mejor que se puede ser; no solo aprobar; no solo sobreviviendo otro día.

Las escuelas católicas reconocen que sus estudiantes son el futuro de nuestro país y nuestro mundo. El presidente Kennedy lo explicó bien: “Los niños son el recurso más valioso y la mayor esperanza para el futuro” (Mensaje para UNICEF, 25 de julio del 1963). Y solo tenemos unos cuantos años para dejarles saber eso y ayudarles alcanzar su potencial. Eso, también, es el trabajo de la evangelización.

La excelencia educativa que apartamos en las escuelas católicas hace que el mundo sea mejor, más justo, más tierno, más ético, más pacífico… más sagrado. ¿Qué sería más importante?






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