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12/7/2016 11:10:00 AM
Otra mirada a los sacramentales y la oración devocional
por Jim Gontis
Conferencia de Obispos Católicos de los EE.UU.

El incienso flota sobre la custodia de oro con la gran hostia blanca en la lúnula, mientras todos cantan Tantum ergo. Recordamos las voces tranquilizadoras de nuestra madre y nuestro padre, rezando el Rosario en una serie de Padre Nuestros, Ave Marías y Glorias. El párroco dice: "Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos", y nosotros respondemos, "Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo". Recordamos la humildad de nuestras abuelas y nuestros abuelos, haciendo breves pero significativas visitas al Santísimo Sacramento en la sencilla iglesia rural, o en la bellamente intrincada catedral de la ciudad.

 

El papel de la experiencia personal en la oración

Estas experiencias penetran profundamente en nuestras almas. Sabemos que somos católicos. Más que saber, sentimos que somos católicos. Apostaría que si se preguntara a los católicos practicantes cuáles son sus recuerdos más vivos de su fe católica, la mayoría hablaría de las experiencias litúrgicas, los sacramentales y la oración devocional. Sin embargo, no usarían esos términos. Podrían decir Horas Santas, incienso, rayos del sol brillando por los vitrales, o encender una vela votiva. Podrían hablar de las procesiones del Corpus Christi y la coronación de la imagen de María en el mes de mayo. Podrían mencionar el Escapulario Marrón que recibieron de su abuela cuando hicieron su Primera Comunión, o una estatua favorita de la iglesia de su infancia.

La jerarquía de la oración

Hay una jerarquía en la oración que comienza con la liturgia: especialmente con la más elevada de las oraciones, el Santo Sacrificio de la Misa. ¡La Misa es la realidad más grande de este lado del cielo! Otras formas de oración litúrgica, como la Liturgia de las Horas y la celebración de los otros sacramentos, también ocupan altos escalones en esta jerarquía.

Pero no debemos olvidarnos de los sacramentales y la oración devocional. Debidamente ordenados, no desmerecen a la sagrada liturgia. Por el contrario, la acrecientan. La Iglesia nos dice que los sacramentales son "son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos… obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida" (Sacrosanctum Concilium [SC], 60; Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], no. 1667).

Los sacramentales y devociones deben ser utilizados en la formación de la fe e introducidos a los jóvenes a edad temprana. "Preparan a los fieles para recibir y cooperar con la gracia y, por lo tanto, son catequéticos por naturaleza" (cf. Directorio Nacional para la Catequesis [DNC], 38 A).

Bendiciones, exorcismos y religiosidad popular

Hay diferentes formas de sacramentales. Las más importantes son las bendiciones. Cuando el sacerdote hace la señal de la cruz sobre la congregación y dice: "La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes", está realizando un sacramental. Cuando nos acercamos al párroco, tal vez después de Misa, y le pedimos que bendiga un rosario o una medalla, está realizando un sacramental y el objeto que él bendice se convierte también en un sacramental.

Otra forma de sacramental, no tan común como las bendiciones, es lo que se conoce como exorcismo. Un exorcismo es una acción por la cual la Iglesia, por la autoridad de Cristo, toma el control de las fuerzas del mal y expulsa a los poderes oscuros. Una forma común de exorcismo es el exorcismo menor administrado inmediatamente antes de la impartición del bautismo. Esto está reservado al sacerdote o al diácono. También hay exorcismos mayores. Estos están reservados al sacerdote, pero sólo con el permiso del obispo. Un exorcismo mayor se basa en la premisa de que una persona está poseída por poderes demoníacos (cf. Catecismo Católico de los Estados Unidos para los Adultos [USCCA], 296).

Algunas devociones particulares

Una tercera forma de sacramental es la devoción popular. Las devociones nunca son un sustituto de la oración litúrgica. Por el contrario, derivan su eficacia de la sagrada Liturgia y nos orientan de nuevo a ella. Las devociones también nos ayudan a cumplir con la exhortación de san Pablo a "orar sin cesar" (1 Ts 5:17). Aunque hay demasiadas devociones para mencionarlas todas aquí, algunas de las más destacadas son la adoración eucarística, el Rosario y las devociones de la Divina Misericordia.

Alentando a la adoración eucarística, el papa Benedicto XVI invocó las palabras de san Alfonso María de Ligorio. "'Ciertamente —escribe Alfonso— entre todas las devociones esta de adorar a Jesús sacramentado es la primera después de los sacramentos, la más querida por Dios y la más útil para nosotros... ¡Oh, qué gran delicia estar ante un altar con fe... y presentarle nuestras necesidades, como hace un amigo a otro con el que se tiene total confianza!'" (Audiencia general, 30 de marzo de 2011).

De todas las devociones populares en el rito latino, el Rosario es el más conocido. Ha sido promovido por santos y papas durante siglos. San Juan Pablo II se refirió al Rosario como "mi oración predilecta" (Ángelus, 29 de octubre de 1978). El papa Francisco escribió, "El Rosario es la oración que acompaña todo el tiempo mi vida. Es también la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón" (Il Rosario. Preghiera del cuore [El Rosario, oración del corazón], 210).

Hay muchos aspectos en las devociones de la Divina Misericordia, como por ejemplo la Coronilla, la imagen de la Divina Misericordia y la hora de la gran Misericordia (3:00 p.m.), para nombrar unas cuantas. La popularidad de estas devociones, centradas en la infinita misericordia del Señor, ha crecido rápidamente en las últimas décadas. En cuanto a la Coronilla, santa Faustina escribió que Jesús le dijo: "Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta Coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante" (La Divina Misericordia en mi alma, 811).

Por supuesto, ¡hay muchas devociones populares además de las tres mencionadas! Algunas que merecen mención especial serían las Estaciones de la Cruz, las devociones del Sagrado Corazón y las devociones de la Medalla Milagrosa. ¡Todas están aprobadas por la Iglesia con entusiasmo!

El principio encarnacional y la inculturación en la vida de oración

¿Cómo se explica este entusiasmo entre los católicos por la religiosidad popular? Tal vez sea porque las devociones concuerdan con la forma en que Dios nos concibió, como compuestos de cuerpo y alma. Somos gente de los sentidos. Somos espíritus encarnados. La Palabra eterna se hizo hombre y habitó entre nosotros (cf. Jn 1:14).

La Iglesia Católica no sólo es la portadora permanente de la Encarnación de la Palabra, sino que es también la Madre universal de todas las naciones. Ella abraza a personas de todas las razas y culturas. Ella no encuentra nada verdaderamente humano que le sea desconocido. Desde su comienzo, la Iglesia fue más allá de sus orígenes judíos para dirigirse a las diversas naciones conocidas colectivamente como "los gentiles". Hacemos bien en tomar conciencia de las diferentes tradiciones culturales presentes en nuestras comunidades. Ello puede proporcionar un suelo rico para el florecimiento de las flores bellas y variadas que van a crecer y prosperar en la unidad que es el jardín de la Iglesia de Cristo.

Recibimos la gracia y somos atraídos a Dios a través de lo que se conoce como "las propiedades trascendentales del Ser", a saber, verdad, belleza y bondad. Jesús estableció sacramentos como signos externos —"visibles, audibles, gustables, odorables y palpables" que confieren una gracia que no puede ser vista, oída, saboreada, olida ni palpada. Santo Tomás de Aquino, basándose él mismo en Aristóteles, dijo en sus tratados sobre los sacramentos, "Nada hay en el intelecto que no estuviera antes en los sentidos" (De veritate, q. 2, a. 3, arg. 19). El caso es, por supuesto, que el cuerpo es el camino hacia el alma. Las devociones tienen el poder de avivar en nuestras almas el deseo de encuentro con el Dios vivo.

Los catequistas destacados —ya sean padres y madres que lideran a sus familias en sus iglesias domésticas, catequistas parroquiales o maestros de escuelas católicas— encuentran maneras de implicar los sentidos de sus estudiantes, a menudo a través de la religiosidad popular. Rezamos el Rosario; recitamos la Coronilla; cantamos la místicamente hermosa Stabat Mater en las Estaciones; vemos la llama arder encima de las velas púrpura y rosa en la Corona de Adviento; sentimos la humedad del agua bendita; y doblamos la rodilla ante la majestad del Dios-hombre, real y sustancialmente presente en nuestros tabernáculos.

Nuestra hermosa fe católica no es una mera empresa intelectual. Es una oración que se eleva como el incienso, mañana, tarde y noche, ante el Trono de Dios, desde su pueblo lleno de fe.




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