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11/21/2016 1:01:00 PM
Homilía del Obispo O'Connell para la Fiesta del Cristo Rey
Clausura del Santo Año de la Misericordia

Bishop David M. O'Connell, C.M.


Clausura del Santo Año de la Misericordia
Iglesia San Roberto Belarmino, Freehold | 20 de noviembre

 

El Evangelio según san Lucas de hoy empieza con la oración: “El pueblo estaba allí mirando”… mirando. ¿Qué miraban? Miraban los momentos finales y dramáticos del Señor Jesucristo mientras moría en aquella Cruz. Sobre su cabeza, el Evangelio no dice, hubo un letrero que decía “Jesús el nazareno, rey de los judíos.”  No es ninguna escena tan noble descrita en la narración de san Lucas, por lo menos de la manera en que la mayoría imagina la nobleza. La imagen más común de observar a un Rey tiene que ver con una visión del triunfo, pompa y majestad. El único triunfo que miramos hoy es que lograra llevar su Cruz a Calvario. La única pompa que  atestiguamos hoy es la burla del pueblo, de los líderes y soldados a su alrededor, y del criminal crucificado a su lado. Como puede ser él el mesías se burlaban. El único momento de majestad que vemos es cuando el “buen ladrón” le reconoce a Jesús y le pide un lugar en su reino. Esta es la escena que miraba el pueblo cerca de la Cruz.

Debajo el letrero que le nombraba “rey” – desde su perspectiva en la Cruz – Jesús también “miraba” todo – le miraba al pueblo… y miraba más allá que ellos. En su ojo mental, en aquellos momentos, él veía y miraba; en su corazón, en aquellos momentos, él sentía mientras miraba; en su cuerpo abusado, golpeado y amoratado, en aquellos momentos, él demostró la forma de rey que era y que es: ninguna demuestra real; ninguna pompa ni gloria; ninguna de las cosas que suelen acompañar a un “rey”, no. Mientras estaba en la Cruz, nos miraba a nosotros; murió por nosotros, este “rey;” llevó a la Cruz nuestros pecados y nuestras vidas y nos perdonó; nos prometió – “buenos ladrones” todos – que estaríamos con él en su Reino, en el paraíso, simplemente porque pedimos en la fe. Como el pueblo en Calvario del Evangelio de hoy, aún miramos a Nuestro Rey. Y nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, aún nos mira a nosotros, ofreciéndonos la vida eterna en su Reino. Su realeza, marcada por la Cruz, es la Majestad de la Misericordia.

Este año, nuestro Santo Padre Papa Francisco brindó a la Iglesia un regalo hermoso, un Santo Año, un “Jubilar Extraordinario de la Misericordia”. Es un costumbre que los papa anuncian más o menos cada 25 años para los católicos por el mundo para elevar y celebrar su fe, para reflexionar sobre sus vidas cristianas y trabajar a traducir en acciones visibles y concretas a su fe, confesando sus pecados y alcanzando a sus vecinos a través de la caridad. El Santo Año anterior se llevó a cabo en el 2000, proclamado por el Santo Juan Pablo II para inaugurar un nuevo siglo y un nuevo milenio. En su entusiasmo pastoral y amoroso para la Iglesia, el papa Francisco no podía esperar llegar a los 25 años. Sin duda se sintió, igual que nosotros hemos sentido, el impulso de parar… parar la amargura; parar la incivilidad; para los juicios fuertes; parar el odio y la división antes de que destruyan a la humanidad desde adentro. En su anuncio para este Santo Año de la Misericordia, el papa Francisco escribió:

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre… Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret... Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia... Es condición para nuestra salvación… Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado
(Papa Francisco, Bula de Convocación, Misericordiae Vultus, 11 de abril del 2015).

¿No habrá sido eso la esperanza del “buen ladrón” mientras estaba en una cruz al lado de Jesús en el Evangelio de hoy? ¿No habrá sido la esperanza que atrajo algunos del pueblo a la Cruz de Cristo para “mirar”? ¿No será nuestra esperanza eso? Nosotros miramos a nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, buscando su Majestad de la Misericordia, una misericordia que nos trae esperanza en “un amor eterno”.

Pero hay otro lado a esta misericordia y el papa Francisco nos ha recordado frecuentemente durante este Santo Año. No basta solo “mirar”, solo tener esperanza. Jesús nos mira y cuando nos miramos, cuando vemos que sus ojos conectan con los nuestros, reconocemos que de la misma manera que nos ama y nos perdona de la Cruz, que nosotros también tenemos que amar y perdonar y entregar la misericordia a los demás. El papa Francisco observó:

   Amar y perdonar son el signo concreto y visible que la fe ha transformado nuestro corazón y nos permite expresar en nosotros la vida misma de Dios… Amar y perdonar como Dios ama y perdona. Este es un programa de vida que no puede conocer interrupciones o excepciones, sino que nos empuja a ir siempre más allá sin cansarnos nunca, con la certeza de ser sostenidos por la presencia paterna de Dios... Dios perdona todo… Dios nos comprende también en nuestras limitaciones, nos comprende también en nuestras contradicciones…si nos abrimos a acoger la misericordia de Dios para nosotros, a su vez somos capaces de perdón (Papa Francisco, audiencia general, 16 de diciembre del 2015).

Hoy nos unimos a nuestro Santo Padre y los católicos por el mundo para la clausura del Santo Año de la Misericordia. Ha sido un año bueno y una bendición para la Iglesia y la Diócesis. Aquí, en esta parroquia, ustedes tenían el privilegio de tener una Puerta Santa de Misericordia, el símbolo del Año Jubilar. Todos que han pasado por esta puerta simbólica podrá entrar en la Majestad de la Misericordia de nuestro Cristo Rey.

El Santo Año se concluye pero siempre necesitaremos de la misericordia. La Cruz de Jesús que contemplamos en el Evangelio de hoy siempre está ante nosotros mostrándonos “la fuerza increíble de la maldad, pero también el poder completo de la misericordia de Dios (Papa Francisco)”, siempre presente, siempre accesible, siempre intentando alcanzarnos para abrazarnos, para llenarnos, para llenarnos tanto que se derrame en el vecino. Sí, miramos a Jesús en la Cruz, identificado como un rey pero reconocido verdaderamente como rey a través de la experiencia de la misericordia que se identifica en nuestros corazones. Él nos mira desde la Cruz y de toda la eternidad, con amor, llamándonos misericordiosamente a compartir su perdón, amor y misericordia con los demás. Como seguidores de Cristo, no podemos solo mirar, del pie de la Cruz de Cristo, nuestro Rey. Su misericordia es la de la Majestad de la Misericordia. Búsquenla; compártanla. El Santo Año termina hoy “pero su misericordia endurece para siempre (Salmo 136)”.






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