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home : peces : peces August 16, 2017


10/14/2016 9:26:00 AM
'Nosotros el pueblo'
Mensaje del Obispo David M. O'Connell, C.M.

Bishop David M. O'Connell, C.M.


En los Estados Unidos de América no hay ninguna “religión estatal.” La Primera Enmienda a la Constitución claramente lo prohíbe. El texto de la enmienda dice: “El Congreso no creará ninguna ley con respecto al establecimiento oficial de una religión, ni que impida la práctica libre de la misma…” Las palabras originales de James Madison para este texto fueron las siguientes: “No se abreviará a ningún derecho civil con respecto a la creencia ni práctica religiosa, ni se establecerá ninguna religión nacional, ni se afrontará a los derechos integrales e iguales de conciencia de ninguna manera ni con ningún pretexto.”

Estos principios no significan que los ciudadanos individuales, las iglesias individuales, ni las denominaciones religiosas individuales no pueden creer ni practicar su fe libremente. Significa que el gobierno de nuestro país no puede  asignar ni imponer una religión a la plena nación. Hemos vivido bajo esta creencia desde 1791.

En los recientes años, se han desafiado y puesto a prueba estos principios, no por parte de personas religiosas sino por parte del gobierno. Y la reacción de muchas personas religiosas – y de algunos ateos también – ha sido negativa, y con razón, pero no solamente en cuanto la libertad de ejercer una fe sino en cuanto a su libertad de creer lo que dicta su fe. Ese tipo de libertad es una de las razones que estableció nuestro país. A su vez, nuestros ciudadanos tienen el derecho de no creer cualquier fe religiosa con el mismo nivel de libertad.

Una iglesia o religión define por si misma lo que  su fieles deben creer y practicar para hacerse parte de esa iglesia o religión. Ningún brazo del gobierno tiene algo que ver con eso. Los católicos creemos ciertas cosas que identifican nuestra fe y membrecía, los protestantes creen ciertas cosas que los distinguen de los católicos, al igual como los judíos, los musulmanes y los demás. Los ateos no creen ninguna parte y no tienen que creer nada.

La fe es una gracia y un regalo de Dios y la religión es una opción de actuar en la fe, decidida libremente por las mujeres y los hombres.

Los católicos, y menos el gobierno, no tenemos el derecho de determinar lo que los demás creen. Sin embargo, los católicos bautizados tenemos el derecho y la obligación de profesar nuestra fe; de dar testimonio a la fe; de predicar, enseñar y evangelizar libremente lo que proclama nuestra fe. La Primera Enmienda de la Constitución también garantiza las libertades de expresión, de prensa y de asamblea en nuestra sociedad democrática.

La religión católica acepta la autoridad de las Santas Escrituras y la doctrina social y moral de la Iglesia que fluye de las Escrituras como parte de su profesión de  fe. La fe y la razón no son las mismas cosas, pero la Iglesia enseña que son entidades aliadas, no enemigas, en búsqueda de la verdad. Ambas son acciones intelectuales que mueven e influyen la voluntad personal a que actúe o no actúe de ciertas maneras. Esto no es nada nuevo para entender la relación entre la fe y la razón, siendo este un entendimiento que ha perdurado por siglos.

No se requiere al estado que crea o  que imponga “lo que” una religión enseña pero, por lo menos en nuestro país, se obliga al estado  a garantizar la libertad  religiosa y proveer el espacio para creer.

El estado existe en el mundo del derecho; la religión, en el mundo de la fe. Ambos, sin embargo, existen mutuamente en nuestro país democrático – una comunidad humana, que las personas religiosas creen que fue creada por Dios, y que los Fundadores de este país consideraran como la fuente de nuestros derechos y libertades.  Obviamente, la religión puede influir al estado, pero no le puede ordenar.

Por ejemplo, la Iglesia Católica cree y enseña con autoridad su código moral no solamente como una expresión de la religión católica, sino lo enseñamos porque creemos que el entendimiento de la Iglesia constituye lo que es bueno para la humanidad. Por ejemplo, la Iglesia Católica se opone al aborto, la eutanasia y otros asaltos en contra la vida – no solo como violaciones de la enseñanza moral/social católica sino que son violaciones fundamentales de lo que significa ser humano. No hace falta que alguien sea católico para saber que moralmente el aborto es malo, la ofensa última en contra la vida humana inocente. Pero, no se puede ser un católico fiel y considerar que el derecho del aborto sea algo permisible o despreciable.

Nuestra Iglesia no es de un asunto no más. La misma lógica existe para las otras enseñanzas morales/sociales de la Iglesia Católica también – por ejemplo, sus enseñanzas morales/sociales sobre la pena de muerte, el suicidio asistido por médicos, el cuidado de la tierra, el matrimonio y la sexualidad, la inmigración, la pobreza, la justicia social y más.

El estado puede y ha implementado legislación que la Iglesia Católica considera inmoral. ¿Qué se deben hacer los ciudadanos de buena voluntad en esos casos? Primero, los ciudadanos católicos deben vivir su fe y su religión; esa es la manera más importante y más eficiente para dar testimonio y demostrar lo que la Iglesia Católica enseña y lo que los católicos creemos. Segundo, los católicos fieles deben usar su voz en cada ámbito disponible para proclamar y afirmar sus creencias y valores en nuestro país democrático y pluralista. Tercero, los ciudadanos católicos fieles pueden aprovecharse de cada manera legal disponible para abogar públicamente para que revoquen las leyes inmorales. El movimiento pro-vida en nuestro país es un ejemplo tremendo de abogacía y ha podido hacer una diferencia discernible. Finalmente, los ciudadanos católicos fieles pueden votar, el mismo derecho que tiene cada estadounidense elegible.

En nuestro país democrático y pluralista, se garantiza a todos los ciudadanos las libertades de religión, de expresión, de la prensa y asamblea según la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Como resultado, la Iglesia Católica no puede obligar a ningún ciudadano, incluyendo a los ciudadanos católicos, como votar ni por quien votar. Pero, de otra manera, si los católicos en nuestro país verdaderamente creen lo que su fe enseña y lo que la Constitución permite, no debe hacer falta que la Iglesia les diga que deben de hacer.






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