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5/9/2018 2:22:00 PM
Arzobispo salvadoreño se enfoca en los problemas de los pobres
Una mujer salvadoreña trabaja afuera de su casa en Soyopango, afuera de San Salvador. (Foto CNS /Roberto Escobar, EPA)
Una mujer salvadoreña trabaja afuera de su casa en Soyopango, afuera de San Salvador.
(Foto CNS /Roberto Escobar, EPA)
Arzobispo salvadoreño Jose Luis Escobar Alas durante su visita a Washington. (Foto CNS /Tyler Orsburn)
Arzobispo salvadoreño Jose Luis Escobar Alas durante su visita a Washington. (Foto CNS /Tyler Orsburn)
Por Rhina Guidos
Catholic News Service

WASHINGTON (CNS) -- A pocos líderes de la iglesia les toca ocupar el puesto de un precursor que está a punto de convertirse en un santo oficial de la Iglesia Católica.

Pero no es algo que está frecuentemente en la mente del arzobispo José Luis Escobar Alas, el séptimo líder de la Arquidiócesis de San Salvador quien pasa ocupado con una larga lista de asuntos que la iglesia en El Salvador está apoyando. Recientemente, el arzobispo habló de algunos de estos temas durante un viaje a Washington, donde abogó por inmigrantes salvadoreños.

Durante el viaje, el arzobispo de 59 años respondió a preguntas sobre problemas que afectan al pueblo salvadoreño: problemas ambientales que incluyen agua contaminada en el país y la violencia implacable por parte de las pandillas, igual que una gran falta de justicia social que no le permite a su país 6 millones, casi la mitad de ellos católicos, un descanso de sus crisis.

Durante entrevistas con Catholic News Service el 11 al 13 de abril, habló sobre lo que más le preocupa de esos problemas, con los cuales ha estado luchando desde su elevación a arzobispo en 2009.

"¿Sabe lo qué es más triste de todo esto?" preguntó. "Que afectan a las mismas personas. Sí, gravemente nos afectan a todos, pero principalmente a los más pobres y esto duele mucho".

Aunque el arzobispo parece reservado y tímido, su pasión se manifiesta cuando habla de la población que fue muy importante para su precursor, el beato Óscar Romero, durante sus tres años en el cargo, desde 1977 hasta su asesinato en 1980.

"Nosotros como iglesia, créame que estamos con los pobres. Somos muy solidarios con ellos. Por ellos es nuestra lucha, por ellos levantamos la voz, para que las leyes sean justas y favorezcan a todos, pero principalmente al pobre porque, como el beato Óscar Romero decía … las leyes en nuestro país son como la víbora y, como una serpiente, muerde el pie del que está descalzo".  

El año pasado, el arzobispo estuvo al frente de una batalla respaldada por la Iglesia Católica de El Salvador que efectivamente llevó al país a convertirse en la primera nación en el mundo en prohibir la minería metálica. El arzobispo marchó junto a ecologistas y activistas por las calles de la capital de San Salvador y habló sobre la minería como un proceso que daña el agua del país.

Justo antes de salir para su viaje a los Estados Unidos, estaba revisando esfuerzos por parte de la arquidiócesis para colectar firmas alrededor de las parroquias católicas del país pidiendo una ley nacional que garantice agua limpia. El arzobispo está preocupado por una posible revocación de la ley en contra de la minería metálica, ya que las empresas internacionales parecen estar decididas a encontrar una forma de extraer oro y otros metales en la parte norte del país.

"Y eso no puede ser", dijo. "¿Por qué no puede ser? Porque contamina el agua y no solo la contamina, pero la envenena".

El Consejo de Asuntos Hemisféricos, con sede en Washington, dice que un 90 por ciento del agua del país está contaminada por aguas residuales y productos químicos industriales. Para el arzobispo, es un problema al que la iglesia debe responder porque sin agua limpia, los pobres son los que se enferman y finalmente mueren. Y es triste visitar las zonas rurales y pobres y ver las caras de los niños que sufren las consecuencias, dijo.

"Ellos son los protagonistas de esta situación", dijo. "Tenemos muchos hogares que no tienen acceso al agua. Da mucha tristeza ver a niños enfermos y no es posible, en el siglo XXI, no es posible".

Cuando el papa Francisco habló en 2017 sobre el derecho universal al acceso de agua potable, "estaba pensando en países como El Salvador", dijo el arzobispo.

"El agua es un derecho, eso es innegable, aquí (en El Salvador) y en todo el mundo", dijo. "Queremos formar conciencias porque aún hay personas que no comprenden la gravedad del problema".

El agua es un tema importante que afecta la vida de muchos salvadoreños, pero es tanto urgente y problemático el tema de la violencia que afectó fuertemente al clero de El Salvador durante la Semana Santa este año.

Durante Jueves Santo, el día que la iglesia celebra la institución del sacerdocio, un sacerdote de 36 años de la Diócesis de Santiago de María en el oriente de El Salvador fue asesinado cuando iba en rumbo a celebrar la Misa, apenas a horas después de renovar sus votos.

Las autoridades piensan que presuntos pandilleros mataron al sacerdote, pero no han arrestado a sospechosos en el caso.

Durante el domingo de resurrección, bajo un sol ardiente, el arzobispo marchó con miles de personas detrás del ataúd que llevaba al padre Walter Vásquez Jiménez a su Misa fúnebre en Lolotique, El Salvador. Durante la Misa, el arzobispo pidió justicia por los que le quitaron la vida al sacerdote, pero también justicia para los que diariamente matan a los ciudadanos inocentes del país.

En el Capitolio de Estados Unidos, el arzobispo dijo que los problemas de El Salvador son antiguos y llevan siglos. Históricamente han sido causados por la idolatría del dinero, la impunidad, la corrupción, la injusticia social, la desigualdad, y el individualismo, dijo. Comenzaron hace siglos, cuando los pueblos indígenas del país tuvieron que enfrentar a los conquistadores que respondieron a levantamientos con masacres, despojando a los indígenas de sus vidas y tierras. Lo que les esperaba a los sobrevivientes eran salarios injustos y tratamiento inhumano, dijo.

Las causas y efectos no desaparecieron, pero dieron fruto a las condiciones que llevaron al conflicto armado de 12 años en El Salvador, de 1980 a 1992, y que dejó a más de 70,000 civiles muertos, entre ellos dos obispos del país, uno de ellos fue el Beato Romero, dijo el arzobispo Escobar. Pero también provocó la muerte de más de 500 laicos católicos y 24 "vidas consagradas", a quienes el arzobispo quiere que el Vaticano considere mártires.

Aun después de que se firmaron los acuerdos de paz en 1992, "la paz no llegó", dijo el arzobispo en el Capitolio de los Estados Unidos el 13 de abril. A lo largo de los años, muchos obispos católicos del país denunciaron las condiciones, "pero no hubo respuesta", dijo.

"Hubieron cosas que no se cumplieron. No hubo justicia. Siguió la impunidad. Hubo una ley de amnistía que pretendió tapar los crímenes, buscaba encubrir los crímenes contra la humanidad", dijo.

Eso ha hecho difícil que El Salvador avance.

"Todo esto ha llevado a la situación que ahora estamos viviendo porque las causas continúan", dijo. "Nos enfrentamos a un resentimiento colectivo debido a la falta de justicia social. En los lugares periféricos pobres, no hay oportunidad de superación".

Aunque el gobierno ha hecho un esfuerzo por aplacar la violencia, "no lo consigue", dijo. Con un poco de tristeza en su voz, contó la historia de una mujer que no pudo enviar a su hijo a la escuela después del cuarto grado porque pandilleros lo amenazaron diciéndole que no se le permitía pasar más allá del espacio frente a su casa, y que si lo encontraban en el territorio de la pandilla competidora, lo iban a matar.

Los jóvenes del país observan mientras sus padres luchan por sacarlos adelante, enfrentando una escasez de empleo, mucho menos trabajo digno, o incluso la oportunidad de llevar vidas saludables, dijo. Ese es el caldo de cultivo para las pandillas, dijo.

Aparentemente consciente de que ahora es su turno de denunciar la injusticia y pedir cambio, el arzobispo a menudo les dice a los demás que sigan trabajando por un día mejor en El Salvador y que sigan orando, porque desde el cielo el Beato Romero y los otros mártires salvadoreños interceden por ellos, para que un día El Salvador pueda estar libre de sus problemas.






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